
Imágen cortesía de Emol.com
El terremoto acaecido en Chile la madrugada del 26 de Febrero con magnitud 8.8 y epicentro en la costa de la VII y VIII regiones ya es noticia internacional, y de hecho llegó a los Trending Topics de Twitter. Todos tienen una historia que contar, sobre cómo sobrevivieron o cómo les tocó seguir trabajando a pesar de todos los problemas. Así es como me tocó vivirlo a mi.
Estaba de turno en la Mina El Teniente, aunque no me encontraba bajo tierra sino en superficie, cuando repentinamente el suelo comenzó a moverse. Si bien es cierto que durante mucho tiempo después del terremoto de 1985 le tuve terror a los temblores, aprendí a superarlo y en esta ocasión ya que estaba intentando descansar, no me levanté de mi cama durante los primeros segundos, pero cuando el movimiento recrudeció rápidamente me pise en pie más que nada para evitar que la caja de tubos fluorescentes cayera encima de mi cama.
Procedí a situarme en una esquina, lo que se denomina “triángulo de la vida” puesto que si la loza del techo llega a colapsar y caer, esa zona queda libre y eventualmente uno podría ser rescatado con vida si la estructura colapsa. Sin embargo el movimiento se fué haciendo cada vez más fuerte y claramente se trataba de un terremoto. Mi formación en emergencias hace que en estas situaciones, que pueden hacer que uno se congele, mi mente funcione a mil por hora.
Rápidamente comencé a pensar en mi esposa e hijos que estaban sólos en Santiago y que debía llamarlos apenas terminara todo, que debía llamar a las otras postas del área industrial para saber cómo estaba cada uno de quienes laboran en dicho lugar, que iba a haber un centenar de lesionados y que debía comenzar a coordinar la potencial evacuación de estos.
Afortunada y increíblemente sólo hubo un lesionado de mediana gravedad quien tenía un TEC leve y una herida contusocortante supraciliar sin más lesiones, producto de un golpe por material rocoso que se desprendió del cerro y golpeó su casco. Estuvo casi 20 minutos inconciente y sólo despertó propiamente cuando llegó a la posta interior mina.
Durante el resto de la noche y el día tuve que coordinar el movimiento tanto del personal sanitario como de las ambulancias, para que dieran cobertura a la evacuación de todos los sectores de El Teniente, y obviamente tampoco podíamos retirarnos de nuestras funciones por ser personal de emergencia. Algunos querían simplemente irse e ir a ver a sus familiares, algo natural y entendible, y de hecho yo mismo sentía como pugnaban en mi interior el instinto y la responsabilidad.
Sólo continué ejerciendo mi responsabilidad porque mi esposa e hijos estaban bien, sin daños físicos ni materiales que lamentar, pero realmente no se qué hubiera hecho si alguno de ellos o mis padres y hermano hubieran tenido problemas graves.
Sin embargo la odisea no finalizó al terminar el turno, puesto que tenía que hacer el viaje de Rancagua a Santiago para llegar a mi casa, lo cual se vió bastante dificultado por el corte de la Ruta 5 Sur en varios puntos. Afortunadamente la información a través de los noticiarios comenzó a propagarse rápidamente y en vez de acceder a Santiago por la Ruta 5 Sur utilicé el Acceso Sur Oriente que termina en Puente Alto a la altura de Av. Gabriela Poniente. Sólo había un desvío debido a un paso sobrenivel que se desplomó sobre la ruta cerca de Angostura y pude llegar a mi casa en 2 horas, tan sólo 30 minutos más de lo que demoro en mi viaje habitual de Santiago a Rancagua.
Toda mi familia estaba aún despierta esperándome aunque eran las 0:00 horas, querían ver y asegurarse que estaba bien y que no me había pasado nada, puesto que en un primer momento pensaron que quizás estaba bajo toneladas de escombros por derrumbe en la mina.
Hay muchas historias producto del terremoto, y quizás mi caso no sea el más espeluznante, pero de todas maneras por momentos se me retorcían los intestinos de preocupación por mis seres amados. Hubiera querido estar con ellos para tranquilizarlos, acogerlos, y hacer desaparecer sus temores con el sólo calor de mi abrazo. No pudo ser de esa manera, pero finalmente todos supieron ser héroes, los niños “cuidaban” de su madre, y mi esposa cuidaba de nuestros retoños a pesar del temor y de estar sóla con ellos, mientras yo velaba por cientos de personas.
Somos un país de héroes, dentro de cada uno de nosotros hay un héroe y sólo nos damos cuenta de esto cuando todo ha pasado. Es increíble que una niña de tan sólo 15 años haya salvado a más del 90% de la gente del poblado de San Juan Bautista en el Archipiélago Juan Fernández, y como esta hay muchas historias más que probablemente quedarán en el anonimato, aunque no por eso dejan de ser héroes.
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